
Jesús, un niño de 7 años del taller de magia que estoyimpartiendo en la Biblioteca Pública de Salamanca, se acerca con una sonrisa en la boca.
-Bea, se me olvidaba. Te he traído esto.
Y saca del fondo del bolsillo del pantalón una flor aplastada.
-Gracias, Jesús.
Eduardo que es un trasto, mira a Jesús, me mira, levanta una ceja y salta:
-Y yo, ¿puedo ser tu novio?
-Pelota -protesta Ana-. Beeaaa, Edu me ha pegado.
-Bueno, vamos a hacer la varita mágica.
-Mejor, me la llevo -dice Jesús que anda preocupado por el estado de la flor- y la meto en un vaso con agua para que reviva.
Al cabo de diez o quinde minutos, Jesús regresa con la flor dentro de un vaso de plástico con agua.
-El jueves arranco otra flor con tierra y raíces para que no se muera y te la regalo. ¿Vale?
-Vale

Eduardo vuelve al ataque.
-Y con esta varita –afirma- voy a convertir un pez en tiburón.
- Estupendo.
Eduardo regresa a su mesa con una sonrisa en los labios y pega un empujón a Héctor que protesta. Ana me pregunta si podrá convertir a su hermano en sapo. Sandra, que le escucha, grita que ella quiere convertir a su prima en mosca. Héctor, un jugete en descapotable.
-Pues yo, pues yo –interrumpe Sergio- quiero una nave espacial con dos asientos.
-Primero terminamos las varitas y luego hacemos experimentos -digo a los veinte niños.
Eduardo se levanta de la mesa de nuevo y se acerca a mí con la nariz arrugada.
-¿Y cómo voy yo a convertir el pez en un tiburón?
-Ya veremos.
Eduardo se queda un momento en silencio con la mirada perdida en la caja naranja y al final me dice:
-A lo mejor un tiburón es muy grande para mi habitación. Mejor le hago cocodrilo que será más fácil.