
En la primera planta del mercado de abastos, junto a la panadería, el abuelo Emilio tenía un tenderete donde vendió todo tipo de historias a tres pesetas. Sobre todo triunfaba con sus “1002 secretos de la Ruta de la seda” que decía que eran más importantes que las “Mil y una noches” porque los suyos tenían un cuento más. Los vendía a modo de fascículos de la época, uno al día. Y siempre a la misma hora, las cinco de la tarde. Allí acudían los niños a comerse un cuento por merienda. Le escuchaban embobados y eso que el abuelo Emilio tenía cara de mala leche.
De él aprendí que las verrugas en la nariz salen por no comer manzanas, que a los peces se les pesca por bocazas, que la Luna sabe a queso y que el lobo de Caperucita existe de verdad y va disfrazado de hombre normal que te sonríe, te da un caramelito y luego te come.









