viernes, 13 de febrero de 2009

Cocido de gato

En el taller de cuentacuentos, Ángeles nos contó que teniendo ocho años su abuelo Carlos, al que su hermano y ella llamaban Carlitos, les pidió que vigilaran la olla del cocido mientras el salía a comprar el pan. Su hermano, Gregorio, un año menor que ella, miró la camada de gatitos recién nacidos y le preguntó: "¿Qué pasará si metemos un gatito en la olla?" Y antes de que ella respondiera, lanzó a uno de ellos dentro. El pobre gato no llegó a chillar, murió en el instante. Y la sopa de cocido siguió hirviendo. “¿Y si metemos otro?“, Gregorio miró travieso la prole de gatitos. Pero en ese momento entró el abuelo Carlitos y se acabó la fiesta. Ninguno de los dos le dijo nada y el cocido siguió burbujeando.

En la comida, Carlitos metió el cazo dentro de la olla y sirvió la sopa. Por fortuna, el abuelo no vio el gato, por lo que Ángeles y su hermano tuvieron que disimular las arcadas que les daba comer cocido de gato. El abuelo, que no sospechaba nada, se lo comió como si tal cosa. Y le debió de gustar, porque fue a repetir y Gregorio, que no pudo controlar el miedo que le entró al pensar en el castigo que le esperaba si el abuelo descubría el pastel, dijo al borde del llanto: “¡Ay, Carlitos, que ya sale!”. El abuelo metió el cazo en la olla y sacó una patata. “¡Ay, Carlitos, que ya sale!”. Y esa vez pescó un trozo de tocino. “¡Ay, Carlitos, que ya sale!”, gritó cuando del cazo asomó la cabeza del gatito muerto. Ángeles tuvo náuseas al ver salir del perol al gatito lleno de pelos, mojado y rebozado de fideos. El abuelo Carlitos apretó los dientes y les hizo repetir plato como escarmiento. Ángeles, cincuenta años después, sigue siendo incapaz de probar una cucharada de sopa.

domingo, 1 de febrero de 2009

El viento


El viento azota el norte de Tenerife. Las puertas de cristal de casa tiemblan. El sauce llorón del jardín y la palmera del vecino están doblados. Hemos atrancado la puerta de entrada con una silla. Llueve. El agua de lluvia se cuela por las rendijas de la puerta principal y de las ventanas que hemos tapado con toallas. Y el silbato del viento no cesa.

El tiempo ha enloquecido. Esta mañana tomaba un café al aire libre en una terraza del Puerto de la Cruz, mientras una pareja de alemanes se untaba crema solar por las piernas.

Pero no hemos vivido lo peor. Peancha dice que una vez al año, que suele ser en febrero, en el norte de la isla hay tales rachas de viento que se pide a la población que se atrinchere en casa unos días. Nada de compras en Carrefour, ni tomar el sol en la playa, ni ir al cine, ni copeo con los amigos. Es el momento de encerrar en el sótano a los enanitos del jardín, a la sirena de escayola que adorna la piscina, a la fuente de piedra cartón del jardín, y a la Virgen de la Candelaria sujeta por un clavo en el portón de la entrada, antes de que el viento caliente o el furioso mar los engulla.


viernes, 9 de enero de 2009

Tengo tres mamás


Mi libro infantil “Tengo tres mamás” está dentro de la Exposición itinerante sobre literatura infantil y familias diversas subvencionada por el Ministerio de Cultura y organizada por la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB). Empezó en Madrid el 23 de diciembre y seguirá por distintas ciudades del Estado. La exposición está pensada para que los niños se vayan familiarizando con los distintos modelos de familia: emigrantes, separados, homosexuales, reconstituidas, discapacitados, entre otros.

Enhorabuena a FELGTB por esta bella propuesta y por la valentía de llevarla a cabo, que no es nada fácil. Gracias por contar conmigo. Es un placer.

lunes, 5 de enero de 2009

La herida Gaza

Hace siete años, Nata me llamó desde Ramala para felicitarme por mi cumpleaños. Ella trabajaba en la Cruz Roja y me estaba contando entre risas como había decorado su nueva habitación con cartones de leche cuando se escuchó una explosión al otro lado del teléfono. Le siguió un efímero silencio como si la gravedad hubiera succionado un edificio. Enseguida llegaron unas interferencias y después se cortó la línea.

Seguí agarrada al teléfono, no sé el tiempo, con la mirada fija en el televisor apagado, en parálisis. Me quedé bloqueada. Los cartones de leche pegados a la pared pasaban por mi mente como ráfagas de balas y la explosión seguía retumbando en mi cabeza. No sé cuánto tiempo pasó. No sé. Recuerdo que desperté con el sonido de mi móvil. Era Nata llorando, refugiada bajo una endeble camilla de urgencias. Pude oír cómo se sorbía las lágrimas al decirme que los estaban bombardeando. Un infernal ruido de sirenas se filtraba entre sus palabras. El ejército israelí había decidido que el estrecho parque que separaba una guardería de la Cruz Roja era el lugar desde el que Hamás había lanzado su último cohete casero. "Pero no es cierto", me gritaba Nata, "no es cierto". Y la comunicación volvió a cortarse.

Dos días después en una rueda de prensa el ejecutivo israelí admitió un error en el cálculo de coordenadas que se había saldado con ocho muertos, entre ellos dos niños que pasaban por allí. No fue un ataque sino una advertencia a Hamás, aclaró un mando israelí a los medios. Claro que Hamás también causó bajas israelís, dos heridos para ser exactos, con sus cohetes tras el muro de hormigón que los aísla del mundo.

Nata regresó a Madrid y no ha vuelto a esa gran prisión en la que se ha convertido Palestina. Siete años después de esa llamada de teléfono es Gaza la que ahora agoniza entre casquetes y escombros, con tanatorios improvisados en aceras y hospitales desbordados de cuerpos mutilados. Hoy, ya son 535 los palestinos muertos. Israel planea un nuevo ataque militar en Gaza que ha bautizado como “Arrancar de raíz” y ya el nombre hace temblar.

Oigo las noticias y la boca se me entumece. No puedo evitar acordarme de aquella llamada de Nata y de su hipo entre palabras al otro lado de la línea.

sábado, 3 de enero de 2009

Siempre llegamos al sitio donde nos esperan

Entro a comprar el pan en una tienda del Puerto de la Cruz y antes de pronunciar palabra, la dependienta, sin conocerme de nada, ya me había dicho amor, cariño y cielo de corrido. Y siento que siempre he estado en Tenerife, que la casa en la que estoy siempre la he vivido, que siempre escuché el mar, y que es normal estar a 18 grados en enero. Pero no, no siempre fue así. Nunca viví cerca del mar, mi familia sigue en Madrid y allí hace frío, mucho frío. Y aún así, me asombra que lo que vivo ahora no lo hubiera vivido antes. Sí, siempre llegamos al sitio donde nos esperan.

Y es que los recuerdos quedan punteados en la memoria, una memoria volátil. Volátil porque los recuerdos tienden a expandirse o encogerse en la memoria como si se tratara de nieve derretida o agua evaporada para terminar siendo un mar rizado de emociones. Y enredando en la memoria me llega una hermosa carta de nuestro amigo Manuel Maldonado, el dueño de la casa rural La Esencia (os la recomiendo, es una casa preciosa para descansar), en la que habla de los momentos que quedan grabados:

"...el cumpleaños de Enrique con tratamiento de reflexología, las luminosas mañanas de Murtosa, el espectacular montaje de Halloween del año pasado, las costillas de receta no secreta, el placer de brindar con buen vino por una buena cena en La Dacha...
Momentos que dejaran en nuestras vidas unas vivencias y unos sentimientos imborrables. Y precisamente cuando estamos intentando expresar todo esto, aparece nuestro amigo Saramago y nos echa una manita: “Siempre llegamos al sitio donde nos esperan” veo en su blog. Y esa es la sensación que hemos tenido todo este tiempo junto a vosotros: venimos los cuatro de Madrid y la amistad que no tuvimos allí pese a las coincidencias (esas que no existen) la encontramos en el Ambroz.

Lo que sucede es que nuestras vidas son una continua búsqueda de algo más y mejor...”

Ilustación de Riki Blanco.

jueves, 1 de enero de 2009

Nochevieja

En la cena de Nochevieja el último en llegar siempre era el tío Vicente. Y también era el más esperado por los pequeños de la casa. El tío Vicente siempre traía comida exótica, platos a cual más raros, del supermercado del Corte Inglés donde trabajaba como encargado. Llegaba a la cena de Nochevieja siempre media hora más tarde que los demás, y entraba en casa dándose muchas ínfulas, con los brazos llenos de bolsas y cajas. Y mientras los mayores entre humo y copas hablaban en el salón de sus cosas: el tío Domingo de la última pieza de avión que había diseñado, el tío Paco de la locomotora diésel 209 que alcanzaba los 120km/h o papá con el aislamiento acústico en medianeras con trasdosado, los pequeños nos refugiábamos alrededor de la mesa de la cocina enredando en las bolsas del Corte Inglés del tío Vicente con la intención de conseguir meter el dedo en alguna tarrina con mousse de queso, mermelada de violeta, caviar de erizo de mar (que escupimos nada más probarlo) o cualquier otro potingue que allí hubiera.

Alma era escéptica con el tío Vicente, claro, que como a ella solo le gustaba el huevo frito le daba igual lo que trajera o dejara de traer el tío Vicente. Hasta que un año probamos el huevo hilado. Comer huevo frito, cocido, escalfado que tanto apasionaba a mamá y que a nosotros nos daba tanto asco era lo normal, pero comer huevo dulce, frío y en tiras finas, eso no lo habíamos visto nunca. Emi se lo quería comer a puñados y el tío Vicente entró en pánico. El huevo hilado era de la sección del gourmet y lo tuvimos que comer enrollado en jamón york. Emi, en un descuido de los mayores, tiró el jamón york a Coco, el perro, y se zampó de una sentada el huevo hilado.

Otra nochevieja el tío Vicente llegó con una tarta de selva negra, que por aquel entonces no se encontraba en ninguna pastelería. Estaba deliciosa. A los mayores les sabía a chocolate y nata, que era lo que era. Pero a nosotros nos sabía especial, no sé, nos sabía a Corte Inglés.

Y no faltaba el comentario del tío Vicente que entre bocados afirmaba, con el peso de un catedrático, que no había mejor viaje para los sentidos que la comida. Así era el tío Vicente.

Anoche, sentí como el 2008 se escapaba entre tragos de vino y recuerdos de infacia envueltos en canela, arroz, piñones y cúrcuma.

Un mágico y próspero año 2009 para todos.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Nos mudamos


Hace ya un mes que recogimos nuestros enseres en cajas de cartón, embalamos los muebles en plástico de burbujas y escondí mis tesoritos de papel dentro de una caja de metal antigua con tapa abollada. Nos mudamos. Cambiamos la casita junto al río por una casita frente al mar, en Tenerife. Pero nuestras cosas aún están dentro de un contenedor de 20 pies, un Dry Van, que aún duerme en el puerto de Santa Cruz.

Con cada mudanza siento como me crecen escamas nuevas en el cuerpo que van creando una capa de células queratinizadas que me protegen de la desecación de recuerdos. Así las cosas que se pierden físicamente en todas las mudanzas se me impermeabilizan en la memoria.

Estas es una pequeña selección de casas que he vivido.

- La casa verde (Burgos): aquí pasé los veranos de la infancia, con una maleta de cuadros rojos y verdes llena de caramelos bajo la cama. En la mesilla de noche, había una lamparita y una jaula enana, redonda y azul con un grillo dentro que me compró mi padre. En la casa verde descubrí, en la librería del salón, un libro sobre Charles Manson que devoré una y otra vez, a escondidas.

- Im Neuenheimer Field (Heidelberg-Alemania): un piso de estudiantes, donde convivíamos dos alemanes, una italiana y yo. Mi mesa de estudio estaba frente a una ventana que estaba al nivel de una ladera que se llenaba de toallas y cuerpos sin ropa en cuanto asomaba un rayo de sol. Los que venían a visitarme llamaban a la ventana para entrabar por ella en lugar de dar la vuelta a la manzana del edificio y entrar por la puerta. En la puerta de la entrada del edificio aparcaba la bici antigua que compré de segunda mano, con ruedas del tamaño de las de un camión. En la parte de atrás le colgaba una matrícula antigua y oxidada: 241 Heidelberg. Tenía mal la dirección. Para girar a la derecha tenía que mover el manillar a la izquierda y viceversa. Lo aprendí a caídas. Me la traje a Madrid en tren, pero ahora ya no sé donde está, la perdí en otro traslado.

- La Dacha (río Ambroz, Cáceres): allí descubrí que las arañas no muerden, los pájaros se mueren también de viejos, que existen patos y tortugas silvestres o que las serpientes huyen con las vibraciones de los pasos. También aprendí que la soledad es un miedo urbano.

Queda algo menos de dos semanas para que las cosas se esponjen entre las paredes y regrese el olor de los recuerdos. Um, qué ganas.

lunes, 27 de octubre de 2008

Experiencia de cuentacuentos para adultos

Yo andaba de vacaciones cuando llamaron a Fernando para que fuera a contar cuentos a una casa de lujo de la Moraleja en Madrid. Le pagaban bien. El encargo se lo hacía un tal Luis que pretendía hacer un regalo de cumpleaños sofisticado, así se lo dijo a Fernando por teléfono, a su mujer. Y como él estaría fuera ese día por motivos de trabajo quería hacerle un regalo original.

El viernes del cumpleaños Fernando se perdió en el laberinto de calles de la macro urbanización de lujo de la Moraleja. Tardó media hora en encontrar la casa. Le abrió la puerta una criada con cofia, de esas que uno piensa que ya no existen.

Ilustrador: Israel Mejia

- Hola vengo a contar cuentos. Es el regalo de cumpleaños de Luis. – dijo Fernando a la criada.

- Pase, por favor.

La criada le acompañó a un salón, más grande que su piso de Móstoles, lleno de unas cincuenta mujeres con copas de champán en la mano y un canapé en la otra, riendo y elogiándose las joyas. La esposa empezó a batir palmas al enterarse que había llegado el regalo de cumpleaños de su marido.

Fernando se puso en mitad del salón y comenzó a contar el cuento popular “Que es lo que las mujeres desean por encima de todas las cosas”. Se hizo el silencio. Alguna abandonó la copa de champán y le miró extasiada. Cuando llevaban diez minutos de cuento la cumpleañera interrumpió a Fernando.

- Oye, pero tú cuando te vas a quitar el pantalón. Deja el cuento y haz el striptease.

A Fernando se le aceleró el pulso. Las cincuentas mujeres corearon: ¡qué se lo quite!, ¡qué se lo quite! Intentó calmarlas, frenó con las palmas de la mano el impulso de alguna de ayudarle con el striptease. Se puso serio y les explicó que él no era stripper sino narrador. La anfitriona le puso mala cara. Y Fernando terminó de contar el cuento mientras ellas volvían a hacer corros agarrando sus copas de champán.

- Menudo regalo –dijo la esposa con un canapé en la boca- será capullo Luis.

jueves, 23 de octubre de 2008

Cuéntale un cuento y verás IV

Al principio puede costar acompañar al niño o niña a la cama, sentarnos, leerles el cuento, y ponerles nuestra mejor sonrisa. Por lo general por la noche estamos tan cansados que sólo nos apetece que el niño se vaya a dormir cuanto antes para poder sentarnos tranquilos frente al televisor. Pero piensa que diez minutos es muy poco tiempo. Hay que planteárselo como ir al gimnasio. El primer día te entrarán agujetas, pero después de una semana le habrás cogido el ritmo, y hasta puede ser que te alargues con el cuento más allá de los diez minutos.

En las Bibliotecas existe “la hora del cuento”. Lleva a tu hijo o hija siempre que puedas allí. Que tenga contacto también con los cuentacuentos, con otras historias, con otra forma de contar cuentos, que tenga contacto con los libros. Tu hijo o hija te lo agradecerán de mayores. Y quién sabe, a lo mejor se convierten en uno de esos afamados y ricos creativos. Y todo porque una vez alguien les dijo Había una vez….
Ilustración de Kay Nielsen

lunes, 20 de octubre de 2008

Cuéntale un cuento y verás III

Y ¿cómo se cuenta un cuento?, te preguntarás. Para empezar, si vas a contar un cuento tienes que ponerle ganas al cuento, buscar un lugar de intimidad con el niño o niña. Puede ser en su cama a la hora de irse a dormir. Es más que aconsejable contar el cuento con el libro entre las manos. Leérselo y poner voces a los personajes. No hay que contarlo de manera acelerada, sino lenta, para que el niño o la niña puedan imaginar la historia según la van escuchando de tus labios. Busca cuentos que también te gustan a ti. Si el niño reclama algún cuento en especial, escúchale y léeselo. Piensa que todos los cuentos le ayudarán.

La hora del cuento, debe ser un momento íntimo entre el niño o la niña y tú. Ellos también buscan tu proximidad, tu cariño. El hecho de que les dediques un momento del día solo y exclusivamente a ellos es el mayor regalo que les puedes dar. Con esto el niño interpreta: Mi mamá y mi papá me quieren tanto que dejan la tele para estar conmigo y hasta me cuentan un cuento. Muchas veces el cuento es lo de menos. Lo importante, lo realmente importante es que estés con ellos. Lo ideal es que le dediques, al menos, diez minutos al cuento.

jueves, 16 de octubre de 2008

Cuéntale un cuento y verás II

Bluebeard, Beatrice Billard
Está demostrado que los niños que escuchan cuentos desde pequeños son más creativos, más imaginativos. Al escuchar cuentos el cuentacuentos está animando al niño de manera indirecta a leer. Si el cuento le ha gustado al niño, el niño reclamará que le vuelvan a contar ese cuento y no otro, y terminará leyendo el cuento.



Todavía me sorprende ver como los niños después de escucharme contarles cuentos salen disparados a la estantería de la Biblioteca a agarrar un libro, se sientan en la alfombra y se ponen a leer. ¿Casualidad? No, no es casualidad. El niño que escucha cuentos quiere leer e informarse más sobre aquella historia que le ha gustado.



A Iván le encantaba escuchar la historia mitológica griega de Ulises y el Cíclope. “La Odisea” es un clásico, forma parte de la cuna literaria, es una obra maestra, culta y universal. Al niño toda esa palabrería le daba igual. Le gustaba ese cuento porque Ulises era un héroe que salvó a quinientos hombres, era incluso mejor que Superman. Y además el Cíclope, tal y como yo lo contaba, era un monstruo repugnante que dejaba los mocos pegados en la cueva, y eso le hacía mucha gracia.


Yo contaba este cuento en el Museo Arqueológico Nacional los domingos por la mañana. No sé la cantidad de veces que Iván vino a escuchar Ulises y el Cíclope. Se lo sabía de memoria. Cada domingo aparecía con un nuevo libro sobre aventuras de Ulises bajo el brazo. Este niño de siete años, termino leyéndose La Odisea en versión infantil, sin quererlo. Su objetivo era saber más sobre ese súper héroe Ulises que me había oído contar.

lunes, 13 de octubre de 2008

CUENTACUENTOS Cuéntale un cuento y verás I

Foto de Carlos Vaquero

Los niños a los que les cuentan cuentos, desarrollan más la imaginación y potencian la inteligencia.

Contar cuentos en América es contar chistes. Aquí, en España, contar un cuento es contar una mentira.

Los cuentacuentos cuentan historias ficticias, historias que no son reales, pero que viven en nuestra imaginación. Caperucita Roja, Los tres cerditos, Blancanieves o El patito feo, viven en nuestra memoria. ¿Existen? Pues claro, están en los libros y en la memoria colectiva.

¿Y por qué es tan importante contar cuentos a los niños? Contar un cuento a un niño es tan importante y necesario como enseñarle a leer, escribir, sumar o restar. Una de las herramientas más codiciadas en el mundo laboral ya no es saber muchos idiomas, que también es importante, ni tan siquiera una carrera universitaria, que también, sino ser CREATIVO. Aquel que tenga creatividad ganará mucho dinero. Y la creatividad se enseña, se cultiva desde pequeño y empieza con la imaginación, con la ensoñación, y aquí es donde entra la labor del cuentacuentos.

lunes, 22 de septiembre de 2008

jueves, 18 de septiembre de 2008

Testimonios: El indígena en Bolivia

Había en Bolivia una servidumbre feudal explícita. Podías ver a un indio cargando un armario, cargando un piano y al cruzarse con un blanco, lo viví personalmente, por esas veredas angostas, rápidamente bajaban de la vereda y saludaban sacando su sombrerito porque estaban educados para rendirle homenaje de servidumbre de paso. Rogelio García Lupo (periodista e investigador).

Yo empecé a trabajar de los 7 años en esta hacienda. Pero nunca he podido recibir dinero de mi trabajo que hice en esta hacienda. Siempre nos pagaba con víveres, con ropa. Nada más con eso. Tampoco tenemos sábados, ni domingos. Ni tampoco conocemos día ferial. Todo el tiempo trabajamos en esta hacienda. Nosotros ahora demandamos este territorio. Porque ya no queremos más esclavitud. Ya no queremos más servidumbre. Carlos Sosa (campesino Guaraní).
En este enlace se puede ver la película documental "BOLIVIA PARA TODOS" de Emilio Cartoy Díaz: http://video.google.com/videoplay?docid=1217895292198563182&hl=es

lunes, 15 de septiembre de 2008

Estamos de fiesta

Inés Mendoza y Ángel Zapata se han casado. El martes pasado formalizaron su unión. Sin nadie. Ellos dos solitos. Llegaron al registro, firmaron y se fueron. Sin banda de música, ni trajes de novios, ni ramo de flores, ni arroz a la salida. Se casaron al estilo reveindicativo e inconformista de Zapata: "a mi bolilla".

Días después llamaron por teléfono a los amigos para decirnos que el martes pasado se habían casado. Cada uno reaccionó a su manera. ¿Cómo? ¡Hostias! ¡Felicidades! ¡Qué notición! ¿No digas? ¿Estás embarazada? Jeje ¿Ángel quiere la nacionalidad venezolana?

Menudo notición. Y como no podía ser de otra manera habrá fiesta el sábado 20 a la que se puede asistir vestido o desnudo con la única condición de no llevar regalos que se puedan comprar. En esta fiesta solo se admiten abrazos, cuentos, discursos, canciones y besos.

¡Felicidades! parejita.

Estamos de fiesta.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Vuelta al cole

Ana acaba de empezar, otro año más, sus clases de instituto en New York y a las 8:20 de la mañana ya se estaban pegando de leches dos chavales de 15 años en su clase. Eso es empezar con energía. Se necesitó la presencia de otra profesora, 2 deans y 3 policías para frenarles.

Lucía también inaguró sus clases en un instituto de Paris a broncas. Estaba de espaldas escribiendo una palabra en la pizarra cuando sintió un aluvión de objetos en la cabeza. Está bien –les dijo y se dio la vuelta- quién ha sido. Todos guardaron silencio. Lucía sabía quienes eran, ya le habían avisado otros profesores. Señaló a los dos supuestos autores y les sacó a la pizarra para que escribieran unas frases. Ella se sentó en uno de los pupitres y cuando los muchachos estuvieron de espaldas a la clase les arrojó bolígrafos, bolas de papel, rotuladores, gomas. Los otros alumnos la miraron y se dieron codazos entre ellos hasta que los dos chicos se dieron la vuelta mosqueados y Lucía disimuló como si tal cosa. Seguid escribiendo–les dijo.

martes, 9 de septiembre de 2008

Cena para dos

Ñam, ñam y glup, glup.
Ñam, ñam
Glup, glup.
Crunch. Ñam,ñam.

¿Clip o clap?.
Clip, clip. Jaja. Ñam, ñam.

¡Stic,stac!
¿stic,stac? Sniff.
Glup
Glup,glup. Ñam, ñam.

Glup, glup, ¡Chin, chin!.
Chin, chin. Gluu...
Scrunch.

Uhmm.

¡Tachín!

viernes, 5 de septiembre de 2008

Cosas de Jimena II

-Mamá, el Dios ése, ¿dónde está?
-¿Qué Dios?
-Pues Dios, mamá.

Sonia cae en la cuenta. Pero no sabe qué decirle.

-¡Ah! Pues… Dios… está en todas partes.
-Y si está en todas partes como es que yo no le he visto.

Sonia guarda silencio mientras piensa que responder. Pero Jimena se le adelanta.

-Cuando le veas, le sujetas. ¡Eh, mamá! Que quiero verle.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Cosas de Jimena I


Sonia, mi vecina, movió los billetes de avión delante de sus hijas.

-Nos vamos de vacaciones a la playa.

Irene y Jimena saltaron y dieron palmadas. Sonia les dijo que en el hotel había una discoteca para niños. Jimena, que recién había cumplido los cuatro años, miró a su madre y dio brincos.

-Qué bien, mamá. Podré leer muchos cuentos.

Sonia se dio cuenta que Jimena había confundido la palabra discoteca con biblioteca.

-Jimena, la discoteca es para bailar.
-No, mamá. En la teca hay muchos cuentos y se pueden coger.
-Eso se llama biblioteca no discoteca.
-Sí, Jimena. -Le confirmó su hermana Irene que tiene siete años- En la discoteca hay canciones. Es muy divertido. ¿Verdad, mamá?

Jimena dejó de pegar saltos.

-Bueno –y suspiró- me llevaré cuentos.

lunes, 11 de agosto de 2008

Limpiar el alma

Tiré el alma a la basura. Pero cuando la vi ahí, entre cáscaras de huevo, manchada de tomate y salsa de ostras me dio pena. La recuperé y la puse bajo el grifo para limpiarla. Soy una romántica, lo sé, qué le vamos a hacer. Y con el alma en la mano vi una oferta de Carrefour de esas de 3x2: si compraba dos almas me regalaban una más. Y qué hacía yo con tantas almas en casa, me pregunté. Y sobre todo qué hacía con ese alma mojada y lánguida en la mano. Podía llevarla como repuesto en el bolso junto a las compresas. Pero acabaría la pobre hecha un asquito, arrugada y manchada de carmín. No sé cómo pero todo lo que lleva más de dos meses dentro de mi bolso acaba manchado de pintalabios rojo. Es un misterio.

Como decía, llevar el alma en el bolso no era tan buena idea. Con lo que pesa un alma, como para llevar siempre dos encima, una pegada al cuerpo como garrapata y otra en el bolso. Uf, ni hablar.

Tampoco tenía tan claro eso de querer cambiarla. El alma como los pianos, cuanto más viejos más valor toman. La miré, parecía una patata vieja y consumida. Y decidí llevarla al médico para que la revisara y le hicieran un scanner. Pero el médico me respondió que lo que tenía era un virus que afectaba al alma y que llevaba tiempo circulando por la zona, así que de radiografía nada de nada.

- ¿Y ya está? -le pregunté- ¿no quiere auscultarla o hacerle un análisis de suspiros?
- Nada, nada -me respondió con un apretón de manos-, reposo, reposo y reposo durante dos días. Esa es la mejor cura.

Volví a casa con esa patata arrugada por alma y le di vueltas entre las manos sin saber si congelarla envuelta en celofán o volvérmela a colgar a la espalda. Me decidí por lo primero y la congelé. Después de dos días la recuperé del congelador y la dejé despertar al calor del sol apoyada en la repisa de la ventana. Cuando se descongeló tomó una forma arrugada y se encogió hasta ser como una pasa con un color marroncete sospechoso. Olía a carne podrida. Así que cerré los ojos, la tiré a la basura e hice un nudo a la bolsa.

De todo esto hace ya seis días y desde entonces no la echo de menos. El cuerpo me pesa menos y dejé de tener dolor de cabeza por su culpa. Y ahora que leo en una revista que el alma es espiritual e inmortal me da por reír. A quién pretenden engañar.