
Por la ventanilla del tren, a la altura de Plasencia, empezaron a aparecer mantos verdes de campo. Había olvidado la extensión de terreno que puede haber en Extremadura entre un pueblo y otro sin ver edificaciones, ni siquiera una caseta de aperos. Por no haber no había ni una vaca despistada. Y eso fue una bomba de oxígeno para mi vista, que llevaba una semana viendo en Madrid árboles atrapados entre ladrillo y cemento. Ese mar verde de encinas era lo más parecido al mar de Tenerife.
La gente de Badajoz, muy acogedora. Será que las fronteras abren corazones. Los peques que fueron a escuchar los cuentos a la Biblioteca Pública participaron un montón y así es un placer compartir las historias. Repetiría, sin duda. Y ahora, recordando, me ha entrado nostalgia de mar verde.
Foto encontrada en www.iescasasviejas.net
¡Qué bonito!
ResponderEliminar¡Cuántas encinas!
¡No te comas mi bocadillo!
Cuánta gente buena conozco por allí. Me alegro de que te acogieran tan bien. Un beso.
ResponderEliminarTengo ganas de ir a Extremadura!
ResponderEliminarBesicos
Pues cuando queráis, en Extremadura siempre os esperaremos con los brazos abiertos.
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